miércoles 18 de noviembre de 2009

El creativo que se viste de blanco

Hace unos días, apenas 5 días atrás, estuve por Buenos Aires. El motivo: conocer a una persona que admiro fervientemente. La excusa: asistir a su charla. Apareció vestido con jeans, remera blanca y unas zapatillas (championes) gastadas, pero sin ser pretensioso, simplemente como cuando sacamos ropa del placard pensando en todo lo que tenemos para el día. Llegó, saludó a sus diez oyentes y preparó sus cosas. Me sentía como un chico de 5 años mirando embelesado a su maestra, pensando que todo lo que hace es perfecto.

Y entonces arrancamos: Una frase de Einstein. Solo un idiota pretende llegar a resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. Primer golpe. Cuando alguien a quien admirás te dice algo, es palabra santa, es como cuando vas al psicólogo y te dice lo mismo que tus amigos, pero bueno, es el psicólogo.
Sean caprichosos: Permítanselo. De ahí puede salir algo grandioso o un fracaso. Pero intenten.

Resistan la frustración: De otra forma no haríamos nada.

Cómprense un quilombo: Bánquense el quilombo que se genera cuando querés pensar diferente.
Manténganse estúpidos: Siempre en proceso de aprendizaje.
Nada extraordinario sale de pensar normalmente: Piensen diferente, el resto ya piensa normalmente.

Sabios consejos de un joven experimentado.

Y sí. Capaz lo admiro un poco demasiado. Pero tengo motivos racionales. Es que en mi corta carrera me rodeé y me sigo rodeando de cínicos egocéntricos que compraron el estereotipo del creativo intelectual e indiferente. Bueno, él no. Rodeada de tantos personajes forzados, de repente hay uno que simplemente disfruta la historia. No tiene onda, ni es sucio ni es heavy metal, él solo se viste de blanco y hace cosas increíbles.

Y como todo, lo bueno y lo malo, llega a su fin, la charla también terminó. Después de dar vueltas y vueltas, me acerqué y delante de otros, en pleno Belgrano, en plena calle y en plena noche, le confesé ser su fan número uno! Me sonrió y me dijo gracias. Y así, con toda la satisfacción del mundo, di media vuelta y caminé hasta Cabildo. Y aunque me sentía la quinceañera más estúpida del mundo, me sentía tremendamente bien.

Pero más allá de mi lado groupiesco, la charla estuvo buenísima, relajada, íntima y simple. Como su remera blanca.

2 comentarios:

daniel dijo...

mantengamonos estupidos flower

Flor dijo...

no creo que nos cueste demasiado! jajaja